El 29 de mayo de 2026, el gobierno argentino envió al Congreso un proyecto de ley que, de aprobarse, crearía la primera figura legal del mundo para empresas operadas íntegramente por inteligencia artificial, sin dueños humanos obligatorios. La propuesta no es un simple ajuste normativo: deroga y reemplaza la Ley General de Sociedades vigente desde 1972 y habilita la llamada “corporación no humana”. Su objetivo declarado: convertir a Buenos Aires en el epicentro global de la IA, replicando el rol de Ámsterdam para las finanzas hace cuatro siglos. La paradoja es evidente: la tecnología avanza, pero la pregunta más antigua del comercio —¿quién responde cuando hay un error?— queda, por primera vez en 500 años, sin destinatario humano claro.
El contexto importa. En un ciclo donde los países compiten por atraer inversiones y talento en inteligencia artificial, Argentina apuesta por un marco legal radicalmente abierto. El texto del proyecto permite, explícitamente, la existencia de empresas con personalidad jurídica totalmente gestionadas por agentes de IA, sin accionistas humanos necesarios. Solo exige la declaración del beneficiario final, pero no su participación activa. El presidente argentino, en su op-ed del 4 de junio en el Financial Times, fue directo: “Buenos Aires será para la IA lo que Ámsterdam fue para las finanzas del siglo XVII”. El ministro de Economía, días después, planteó una cifra contundente: en una década, los agentes de IA podrían generar hasta el 90% de la riqueza mundial y, si se domicilian en Argentina, serían 50 millones de agentes tributando bajos impuestos y autogobernándose. El proyecto, así, busca posicionar al país como el refugio normativo de la nueva economía digital global.
Pero la historia ofrece advertencias. La Compañía Holandesa de las Indias Orientales (VOC), nacida en 1602, fue la primera sociedad anónima moderna: permitió vender acciones y limitar la responsabilidad de los inversores. Sin embargo, ese mismo diseño —que funcionó como motor en Ámsterdam— condujo a graves abusos en Batavia, su capital asiática, donde la distancia y la falta de controles efectivos crearon vacíos de rendición de cuentas. El paralelismo es claro: la herramienta legal puede ser brillante, pero su mal uso o falta de supervisión genera riesgos sistémicos. La diferencia ahora es que el último eslabón humano, indispensable durante siglos, desaparece de la ecuación.
El crack
El punto de inflexión no está en la capacidad tecnológica de la IA, sino en la redefinición del sujeto responsable. Yuval Harari resumió el dilema: “La cárcel es irrelevante para una inteligencia artificial”. Mustafa Suleyman, jefe de IA de Microsoft, respaldó la inquietud: sin un humano al mando, la pregunta sobre la culpa queda sin respuesta operativa. El problema no es que la IA tome decisiones; es que, ante un error grave —un contrato fraudulento, un daño a un tercero, una crisis financiera—, la estructura legal propuesta no exige que haya alguien que levante la mano. La responsabilidad limitada ya era una concesión; esto la elimina por completo. El resultado: una zona gris donde la rendición de cuentas se diluye. El riesgo no es abstracto: si 50 millones de agentes de IA pueden operar empresas sin control humano, ¿qué sucede cuando una de ellas comete un error sistancial o, peor, es utilizada con fines ilícitos?
Lectura desde el framework
Este movimiento busca instalarse en la Zona Verde —definida por anticipar el cambio y ofrecer un marco donde otros aún no se atreven—. Zona Verde implica moverse primero, capturar la oportunidad y marcar la pauta. Sin embargo, el caso recuerda a experimentos históricos como el de la VOC: la innovación legal permitió crecer, pero la falta de controles efectivos derivó en consecuencias imprevistas. La diferencia clave es que, en el siglo XVII, siempre quedaba un responsable humano, aunque fuera distante. Aquí, la nueva figura legal borra ese último resguardo. El paralelismo con otros casos como Blockbuster o Kodak es útil: moverse primero no siempre garantiza sostenibilidad si el marco no prevé los riesgos emergentes.
Tres puntos para tu empresa
- ¿Tienes identificado quién responde, operacional y legalmente, ante un error crítico de tus sistemas de IA?
- Si tus procesos clave fueran ejecutados solo por agentes automáticos, ¿la trazabilidad de decisiones sería auditable por terceros?
- ¿La estructura de gobierno de tu empresa prevé escenarios donde no haya un responsable humano directo ante una crisis?
Hoy, la pregunta de fondo no es tecnológica, sino estructural: ¿puede una sociedad funcionar sin responsables identificables? Toda gran apuesta histórica partió de cambiar las reglas antes que los demás, pero la herramienta nunca fue el problema. El dilema, entonces, persiste: cuando esto salga mal —y la experiencia indica que algo siempre falla—, ¿quién levanta la mano? Si pudieras crear una empresa operada solo por inteligencia artificial, ¿lo harías? ¿Y quién crees que debería responder cuando se equivoque? Comparte tu opinión en los comentarios del video.
